Las novelas que dieron origen al género de invasiones extraterrestres

Las novelas que dieron origen al género de invasiones extraterrestres
Por FEDERICO URBANO R.

Aunque pueden reconocerse varios antecedentes en tiempos anteriores, es con la industrialización ya consumada a escala mundial y con los imperialismos en sus apogeos y, por ende, en sus respectivas crisis, que aparecerá la obra del autor que habrá de revolucionar la ciencia ficción y, por tanto, sentar las bases de su desarrollo futuro: Herbert George Wells.

No es casual que sea un británico quien aborde un conflicto para desarrollar una historia que hoy podemos considerar clásico en la literatura: el llamado ‘choque de culturas’. Su país, claro, es el imperio por antonomasia –ahora en decadencia– y, por tanto, sus intelectuales los que han debido afrontar los debates que siguieron a la conquista y sojuzgamiento de pueblos enteros alrededor del mundo, muchas veces confrontando con la visión de sus clases dominantes.

Entonces, ¿qué pasaría si ocurriera al revés? Es decir, si los conquistadores seculares fueran repentinamente conquistados…

‘La guerra de los mundos’ (1898), de H.G. Wells, puede considerarse la obra basal de una corriente de la ciencia ficción que durante el siglo XX sería casi prevaleciente: la que aborda eventuales invasiones alienígenas a la Tierra, cuando el conquistador, al amo del universo, la creación privilegiada de los dioses, debe afrontar la amenaza cierta de ser conquistado.

Se observa una explosión en Marte y, poco después, un ‘meteoro’ cae cerca de Londres; en seguida, aparecen esas horribles máquinas de guerra de 30 metros de altura con forma de trípode, coronadas con capuchas de las cuales cuelgan tentáculos metálicos, que simplemente aplastan la resistencia militar y arrasan comunidades enteras.

Muy pronto, el protagonista hace un descubrimiento aterrador: los marcianos –por entonces generadores de todo tipo de especulación– capturan a los seres humanos para alimentarse con ellos a través de la transfusión directa de sangre.

Finalmente, no será la resistencia humana la que logre vencer al invasor, sino las bacterias terrestres más inofensivas, a la que los terrícolas han desarrollado inmunidad natural.

Pasarán cuatro décadas hasta que aparezca otra novela clave en la historia de la ciencia ficción. ‘¿Quién anda ahí?’, del norteamericano John W. Campbell (bajo el seudónimo Don A. Stuart), es publicada en 1938, cuando aún faltan un par de años para que se desate la Segunda Guerra Mundial.

Popularizada por las películas que se conocieron como ‘La cosa’ o ‘El enigma de otro mundo’, trata sobre una expedición a la Antártida que encuentra una cápsula con un alienígena dentro, que ha permanecido congelado durante miles de años.

Los científicos que han hecho el descubrimiento proceden a descongelar al extraterrestre, lo que libera a una criatura con la capacidad biológica de copiar la forma y la personalidad de cualquier ser viviente que devora, sea un ser humano o un perro, este último caso el que finalmente derivará en su posible destrucción.

La alegoría de ‘la cosa’, como se define durante todo el relato al alienígena, puede no ser evidente, pero si los autores de ciencia ficción han sabido expresar mejor que otros los ‘temas de época’, no se puede eludir la alusión a la bestia agazapada que, mientras la mayoría de los gobiernos del mundo miraban al costado, amenazaba al mundo y a la humanidad.

En 1938, cuando aparece la novela, Adolfo Hitler era tapa de la influyente revista Time, que lo consideraba ‘personalidad del año’. Mientras tanto, las potencias europeas se mantenían impávidas ante el expansionismo nazi, que ese mismo año anexaba Austria.

Incluso, los gobiernos del Reino Unido y Francia firmaban los Acuerdos de Munich con la Alemania nazi y el fascismo italiano, cediendo graciosamente los Sudetes checoslovacos a Hitler.

Desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta entonces, ‘la cosa’ había permanecido congelada; ahora, amenazaba con consumir todo lo que se pusiera en su camino… Algo que los gobiernos europeos no podían o no querían ver…

Como se ve, el largo período que incluye las dos guerras mundiales y los horrores que sacudieron a la humanidad en su conjunto producto de esos terribles, sangrientos conflictos, no resultó propicio para la descripción literaria de terrores superiores. La muerte y la destrucción estaban demasiado presentes en la vida cotidiana para intentar metaforizarlos o sentar alegorías del presente.

Será recién la década del 50 un período particularmente propenso para la elaboración de historias basadas en terribles invasiones, cuyas víctimas –claro está– eran los países anglosajones: Estados Unidos y el Reino Unido.

Otra vez, no puede extrañar: la base material para esa ficción estaba en el estallido de la ‘guerra fría’ entre esas naciones y la URSS una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, cuando la carrera nuclear desató la paranoia –fomentada desde sus respectivos gobiernos y, por ende, desde los medios de comunicación de masas– de invasión y destrucción atómica entre las mayorías asustadas.

Las metáforas literarias y cinematográficas referidas a esos temores, protagonizadas por seres extraterrestres, no hacían más que reflejar o, en el peor de los casos, refrendar y promover ese miedo masivo ya transformado en pánico.

Incluso y ante semejante panorama, la novela ‘Adiós al amo’, de Harry Bates, publicada originalmente en 1940, tuvo su versión cinematográfica –medio a través del cual la literatura de ciencia ficción se hizo inmensamente popular– en ‘Ultimátum a la Tierra’ (1951), que a la luz de la época resignificó la historia como un alegato pacifista y antinuclear.

Esto significa que el influjo de la época no solo produjo obras que abonaban la paranoia sino que también generó alegatos contra las causas que amenazaban a la paz mundial y, dada las circunstancias, la sobrevivencia de la especie.

En ‘El fin de la infancia’, Arthur C. Clarke plantea en 1953 la pacífica invasión a la Tierra por una raza alienígena llamada los ‘superseñores’, lo que supone el fin de todas las guerras y la reorganización del mundo sobre la base de una utopía: la supresión del ‘yo’ como elemento divisorio y conflictivo y la elevación de una nueva especie dominante, una raza mutante basada en lo colectivo, en lo básicamente gregario que tiene el ser humano.

Aunque los interrogantes se abren ante la supresión de la individualidad, tan cara a la cultura de masas norteamericana, esos nuevos seres pasan a ser dioses…

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