La Victoria de Ocampo

La Victoria de Ocampo

Este 7 de abril se cumplen 130 años del nacimiento de una de las mujeres más influyentes del siglo XX argentino: Victoria Ocampo, escritora, editora, mecenas y feminista.

Por NATALIA WAGNER

Un día como hoy de 1890 nacía Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo Aguirre… Hoy cumpliría 130 años Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo Aguirre… Dos maneras –la segunda quizá algo descabellada– de recordar el natalicio de quien fuera conocida simplemente como Victoria Ocampo.

El 7 de abril de 1890, en concreto, nacía Victoria en el seno de una familia porteña, cuya ascendencia incluía desde sirvientes cercanos a Isabel la Católica hasta conquistadores españoles del Perú y colaboradores pecuniarios de la Revolución de Mayo. Su padre era ingeniero y su madre ama de casa –en el sentido aristocrático y decimonónico del concepto.

Siendo la mayor de seis hermanas (entre quienes más tarde destacaría también Silvina), desde chica dominaba el francés –como lengua materna– y el inglés, rodeada de profesores particulares, institutrices, libros y juegos bucólicos en Villa Ocampo, inaugurada cuando la futura escritora y mecenas tenía 6 años.

Amaba la literatura (Verne, Conan Doyle, Charles Dickens, Guy de Maupassant, Daniel Defoe, Poe), la música de Chopin y Debussy, el teatro y –como correspondía a su clase– el tenis; además de los viajes a Europa que realizaba asiduamente con su familia, obviamente, que aprovechaba para leer y conocer renombrados intelectuales.

Su amistad temprana con la escritora y filántropa Delfina Bunge (esposa de Manuel Gálvez y traductora al francés de Alfonsina Storni, para más datos) fue determinante para que Victoria adoptara la literatura como oficio; aún para convertirse en editora y mecenas, como también supo ser Delfina.

Amaba actuar y había proyectado una carrera como actriz, pero la oposición familiar terminó con sus aspiraciones, así como –según ella creía– el matrimonio acabaría con cualquier clase de pretendida independencia. No obstante, en 1912 se casó con un hombre posesivo que pretendía encadenarla. El matrimonio duró poco.

Tras la pésima experiencia matrimonial con Luis Bernardo de Estrada, Victoria se vinculó sentimentalmente con Julián Martínez, primo de su exmarido y diplomático bastante mayor que ella que había conocido durante su luna de miel en París. El amor duraría décadas, aunque no lograron ‘institucionalizar’ la pareja.

Poco antes de los ‘años locos’, todo indicaba que Ocampo se convertiría en escritora. Sin embargo, primero fue personaje: inspiró a la Clara Ordóñez de ‘Xamaica’, primera novela de Ricardo Güiraldes, refinada mezcla de diario íntimo y notas de viaje que narra portentosamente, en conjunto, una historia de amor imposible, conflictivo. Como los de Victoria.

Luego, Ortega y Gasset la ayudó a perfeccionar su español (se dijo: su lengua materna era el francés). Y todo arrancaría con su primera nota en La Nación, aparecida el 4 abril de 1920: un comentario del ‘Canto XV del Purgatorio’ del Dante, que le sirvió para abordar las desigualdades entre seres humanos (¿entre varones y mujeres…?) y como trampolín.

Gracias a Ortega, «la Gioconda de las Pampas» –como la había adjetivado el filósofo español– publicó su primera obra: ‘De Francesca a Beatrice’, escrito en francés y traducido por Ricardo Baeza como segundo tomo de la Revista de Occidente. Para empezar.

Sus vínculos intelectuales –y hasta afectivos y de amistad– con tipos como Ortega, Rabindranath Tagore, Ernest Ansermet, Waldo Frank, Drieu La Rochelle, entre muchos otros (en un mundo cultural dominado por los varones) no hicieron más que estimular sus deseos de ser escritora y editora. La riqueza material le brindaba independencia al tiempo que cimentaba su carrera.

«Te vas a fundir, Victoria», le había anticipado su padre cuando le comentó su intención de fundar Sur. En efecto, su enorme riqueza se evaporó y simultáneamente se materializó en esa revista que apareció el primer día de 1931 con textos de La Rochelle, Jorge Luis Borges, Frank, Eugenio d’Ors, Walter Gropius, Ernest Ansermet y Alberto Prebisch.

Con la casa editora del mismo nombre, fundada en 1933, Ocampo se convirtió entonces y desde entonces en una de las personas –y en la mujer– más influyentes del ámbito intelectual argentino, con alcance internacional. Desde Octavio Paz hasta Virginia Woolf la consideraron –a ella y a su obra editorial– en ese rango.

En 1936, además, aparece su ensayo ‘La mujer y su expresión’, en el que reflexiona acerca de la marginación social de la mujer y sobre la búsqueda de expresiones culturales femeninas –y feministas– en un mundo patriarcal. «Primero tiene que cambiar la situación de la mujer en el mundo. Después vendrán otros cambios que surgirán de ese y no viceversa», diría más tarde en una entrevista.

Aquel mismo año funda con algunas amigas la mítica Unión Argentina de Mujeres, cuyo fin principal era frenar un proyecto de ley que conculcaba derechos de la mujer casada y, de paso, oponerse al avance de las ideas fascistas en el país. «Si el fascismo triunfa en España, estamos perdidos en América​», escribía entonces, en el marco de la Guerra Civil Española. De hecho, ya había repudiado al fascismo de Mussolini, a quien incluso había conocido en persona.

En síntesis, la UAM promulgaba más derechos civiles y políticos de la mujer, incremento de leyes protectoras de mujeres en la industria, la agricultura o el servicio doméstico, amparo a la maternidad, protección del menor, desarrollo cultural y espiritual de la mujer, disminución y prevención de la prostitución y también la paz mundial.

Siguió publicando su revista y sus libros. Mientras tanto, antes y durante la Segunda Guerra, fue una declarada y pública activista contra el nazismo y el fascismo; tanto que al finalizar la contienda, fue la única latinoamericana en presenciar los Juicios de Nüremberg, invitada por el gobierno británico, que le fletó especialmente un avión de la Royal Air Force.

Su estatus de «oligarca disidente» le valieron una relación ‘conflictiva’ con el peronismo. No toleró siquiera que un gobierno «antidemocráctico» –según sus palabras– consagrara el voto femenino en 1947. Militó contra Perón y eso le valió ser detenida en Mar del Plata e interrogada durante 26 días de 1953. Solo la repercusión mundial de su arresto y la movilización internacional lograron su liberación.

Con el golpe de la ‘fusiladora’ cambió su situación institucional pero «la millonaria de Buenos Aires» –como la había calificado Woolf– había dejado de serlo: Sur seguía diezmando sus herencias, invertidas en propiedades que fueron finalmente malvendidas para sostener los enormes costos de la revista y los libros que publicaba.

Fue la primera mujer en obtener el carnet para conducir y en ocupar un lugar en la Academia Argentina de Letras; logró el reconocimiento internacional de la literatura argentina en figuras como Borges, Bioy Casares, Ernesto Sábato, entre muchos otros y otras; recibió su propio reconocimiento planetario.

‘Testimonios sobre Victoria Ocampo’, volumen aparecido en 1962, da cuenta de la admiración que recogió de intelectuales como Graham Greene, Le Corbusier, Marguerite Yourcenar y T.S. Eliot, entre un centenar de testimonios, mientras era condecorada por Indira Gandhi, la reina de Inglaterra y la Universidad de Harvard.

Con ella, paulatina pero inexorablemente, su aristocrática clase social –con olor a bosta, diría Sarmiento– se extinguió, dejando incólumes algunos palacetes porteños y malplatenses que hoy sirven para albergar dependencias públicas o como respositorios de cultura al cuidado de la UNESCO, organismo al que donó lo que quedaba de sus propiedades en 1973, cuando el peronismo retornaba al gobierno.

En la madrugada del 27 de enero de 1979, tras indecibles sufrimientos que le produjeron el cáncer de boca que padecía desde principios de la década del 60, Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo Aguirre falleció. Tenía 88 años. Los allegados más íntimos cumplieron su último deseo: quemaron en Villa Ocampo todos sus papeles íntimos.

Quedan, no obstante, como victoria frente a la decadencia social que le tocó vivir, su obra cultural y sus libros: la eterna revista Sur y sus ‘Testimonios’, los seis volúmenes de su ‘Autobiografía’, sus ‘Diálogos’ y traducciones de Camus, Faulkner, Dylan Thomas, Greene, Colette, T.E. Lawrence… Además de su militancia por los derechos de la mujer cuando aun no se había institucionalizado un día internacional.

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