La estupidez de los fundamentalistas

La estupidez de los fundamentalistas

En pleno siglo XXI, la diversidad del comportamiento humano, muestra conductas que parecieran naturalizarse, cuando evolutivamente tendrían que haberse superado.

Por ESTANISLAO JUDICKAS

Vemos que aún nos dominan instintos primitivos como la dominación, el sometimiento y el autoritarismo.

En todos lados está presente la idea del “macho alfa” o del “mesías” salvador que con su llegada nos garantiza prácticamente la solución a todos los problemas.

No se está haciendo foco sobre un mejor desarrollo de la cultura humana y hay confusión y falta de perspectiva sobre cuál debería ser la mejor forma de organización social.

Era de esperar que la globalización de las comunicaciones, contribuya a mejorar la educación y la cultura de grandes cantidades de personas… pero no, pareciera que se acentúa el misticismo, las miradas sesgadas, y la falta de confianza en posturas científicas y académicas.

Se cree más en lo vulgar que en lo académico y esto denota fallas graves de un sistema de organización social, que no fortalece en lo educativo, el pensamiento crítico, el ejercicio de la dialéctica, la difusión efectiva y sin “ediciones” del conocimiento.

Resulta sorprendente cómo gran número de personas son “llevadas de las narices” por los “influencers”, que con unas algunas herramientas de comunicación, un poco de simpatía y habilidades de manipulación, logran a través de las redes sociales, convencer a numerosas personas de supuestas verdades, experiencias y noticias, que difunden como si fueran expertos de los temas que hablan.

LGBT; aborto; lenguaje inclusivo; feministas; antivacunas; terraplanistas…

Hay mucha confusión e intencionalidad en los medios de comunicación y las instituciones de gobierno, respecto a que posición tomar ante los distintos “colectivos” o grupos sectoriales. Muchas veces se mimetizan con esos grupos, utilizando el poder de las comunicaciones a través del lenguaje oral y escrito.

Grave error, este de utilizar a los medios e instituciones, para impulsar ideas sectoriales. Está bien visibilizar la diversidad social, en espacios apropiados como columnas, foros y espacios de debate, lo que no está bien es que tomen parte activa de esas ideas sectoriales… Así nos encontramos al presidente hablando en lenguaje inclusivo o impulsando la ley de interrupción voluntaria del
embarazo o tomando partido a favor de los grupos feministas u otros. O vemos en los diarios y revistas escribir en lenguaje vulgar y/o inclusivo.

Un gobierno que se precie debe gobernar para todos, respetando la diversidad, sin tomar partido; y un medio de comunicación debe informar con el lenguaje adecuado, no utilizar el medio para influir en las personas, porque sino deja de informar para hacer propaganda o adoctrinar a la gente a favor de una idea, como si fuera esa la mejor.

Lo que se ve en muchos medios que se creen adelantados en las propuestas sociales, es que son los que mas practican el fundamentalismo informativo, no solo sesgando la información, sino informando solo lo que le va bien con su línea editorial y omitiendo lo demás.

Ilustración CREHANA.COM

No está bien que haya medios o gobiernos disfrazados de democráticos, que se creen progresistas y dueños de la verdad, que utilicen su poder de comunicación para formatear a la gente, en de vez de aportar propuestas reflexivas y pensantes que mejoren en la ciudadanía el pensamiento crítico.

Es lo mismo que un docente lleve sus ideas políticas o culturales a las aulas, minimizando otras líneas de pensamiento, en una especie de adoctrinamiento “sui generis”.

Entonces la gente común, que lee y escucha, va por el camino más fácil: cree lo que le conviene a su mediocre formación o cree lo que parece ayudar a salir de su extrema ignorancia.

Pareciera que, ante esta situación, el problema es de la gente… pero si bien es innegable la responsabilidad individual, habría que preguntarse ¿qué responsabilidad tiene el sistema de organización social y sus políticas educativas..? Porque, que haya mucha gente que carezca de pensamiento crítico y que sea fácilmente manipulable, es una consecuencia de políticas de gobierno bastantes limitadas y sesgadas.

Es cierto, es más fácil “gobernar” grandes masas de personas ignorantes, que poblaciones instruidas, con capacidad de generar ideas, los ejemplos están a la vista: una vez que se “eligen” los líderes de una organización social, sea un país o una sociedad de fomento, la gente delega y se desliga, asumiendo un papel pasivo de rebaño que es llevado de las narices por las miserias primitivistas de personas que creyéndose líderes, conducen al final, a la satisfacción de sus propios intereses.

Y para colmo, lo peor: muchos de estos líderes agoreros, creen que su idea es la “única” que va a salvar a la sociedad, en una suerte de fanatismo ciego, que permanentemente alimenta la ignorancia de la gente que los mantiene en la conducción.

¿No será el momento de darnos cuenta que hay tantas opiniones como personas y que nos debemos una sociedad mejor, construida a partir de las diferencias y no a costa de ellas?

Vemos también cómo el fundamentalismo religioso lleva a cometer terribles atrocidades, pero no menos grave es el fundamentalismo político de derecha o izquierda, que ha llevado a distintas sociedades a dependencias demagógicas y enfermizas.

Deberíamos tomar conciencia y superar esta etapa de instintos primitivos, para significar la especie humana con las virtudes que la han destacado, por sobre las miserias del hambre, la pobreza, la violencia, la inequidad y las guerras, que mucho tienen que ver con la visión fundamentalista.

Entre otras cosas, nos queda pendiente las construcciones sociales más participativas y en consecuencia más representativas e inclusivas; construcciones sociales mejor formadas en la adquisición de conocimientos; construcciones sociales sustentables y con proyección de valores humanos virtuosos por sobre las miserias primitivistas. En síntesis, construcciones sociales que nos permitan oponernos a los estúpidos fundamentalistas, como inteligentes humanistas.

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