La diversidad de ideas

La diversidad de ideas

Ilustración CREHANA.COM

Muchas veces, los medios, las instituciones y las personas influyentes utilizan la visibilización pública para hacer propaganda a favor de una idea, en vez de informar, educar y generar pensamiento crítico.

Por ESTANISLAO JUDICKAS

La diversidad de ideas, la dialéctica, la discusión fundamentada, son cuestiones interesantes que pueden contribuir, no solo a representar mejor los intereses de todos, sino a desarrollar mejores ideas sobre cómo resolver un problema o cómo afrontar un desafío o una situación inesperada.

Es un tema interesante la aceptación y puesta en práctica de la diversidad de ideas, ya que además de contribuir a una mejor representación de la sociedad, la hace más sustentable en el tiempo, en este largo camino de generar propuestas superadoras.

Todos tenemos nuestra propia visión de la realidad y el gran tema es ver cómo desde una posición particular y con otras visiones, se puede construir algo mejor.

Es difícil por ejemplo en un medio de comunicación, que conductores de un programa, con opiniones formadas sobre distintos temas de actualidad, escuchen opiniones opuestas.

Los medios de comunicación deberían promover debates inteligentes, que incentiven en el público el pensamiento crítico. Lo deseable sería que participen de esos debates personas preparadas, con conocimientos y experiencia del tema que se trate. Lo deseable es que los debates sean constructivos y que al final salga algo mejor, más representativo, más integral.

Pero claro, están siempre los valores egoístas de la personalidad, que además de generar visiones sesgadas, parciales, descontextualizadas y tendenciosas; niegan las otras visiones, las ocultan, las tergiversan.

Está también el orgullo, el amor propio de cada uno y el “sesgo de confirmación”, que nos gratifica cuando alguien confirma positivamente lo que nosotros pensamos, cuando otros nos dicen lo que queremos escuchar.

El debate nos obliga a salir de nuestra zona de confort, nos obliga a pensar más profundamente, nos puede generar angustias, miedos, enojos, desconfianza, como efectos negativos; pero también pueden suceder gratificaciones, aprendizajes, empatías que nos hacen crecer como personas.

Está claro que, en este contexto, los dogmas, el pensamiento único, los fundamentalismos, no encajan de ninguna manera porque tienen el vicio de origen.

Los debates son como un juego, se ponen las cartas sobre la mesa y gana quien tiene las mejores (llámese fundamentos) y los demás en teoría pierden… Pero no, eso de perder en un debate no debería tomarse como tal, en realidad no se pierde un debate, se aprende y se gana experiencia.

La diversidad de ideas es un hecho incontrastable y natural en la sociedad humana y el gran desafío es ver cómo priorizamos el bien común, dentro de esta diversidad.

Una situación que se ve frecuentemente, es la aparición de grupos, sectores, “colectivos”, “tribus”, que se sienten discriminados u oprimidos y reclaman por su visibilización.

Está claro que, en una sociedad abierta y democrática, los reclamos y peticiones son parte de su dinámica, pero no está bien que algún sector pretenda actuar imponiendo sus ideas de manera compulsiva, en los medios de comunicación, en los órganos de gobierno, en las instituciones educativas y en el accionar diario.

La defensa de la diversidad no pasa solo por aceptar opiniones distintas, sino por aceptarlas en el contexto que corresponda. Ejemplo: tratar de imponer el lenguaje inclusivo en un medio, en una red o en una escuela; cuando no es el objeto de debate y hay un lenguaje establecido; o pretender que los grupos LGBT de diversidad sexual representen al pensamiento mayoritario.

Hay temas sectoriales como la diversidad sexual y otros más generales, que atraviesan la sociedad, como el lenguaje inclusivo. Más generales, en el último ejemplo, porque ya hay un lenguaje establecido y aceptado por la mayoría.

Si bien toda la diversidad debe tener su representación, en cuestiones generales donde se quieren ofrecer a todo el tejido social, usos y costumbres distintas a las establecidas, hay que ver cómo se zanjan las diferencias. En teoría debería ser por debates, consensos o en su defecto por representaciones mayoritarias. Lo que no está bien es que los grupos que proponen los cambios, actúen compulsivamente.

Querer imponer ideas, sin debates previos, sin conocimientos, sin experiencia sobre el tema que se trate, es por lo menos irresponsable, inoportuno y egoísta.

Los usos y costumbres van cambiando con los tiempos. Hay marcos científicos y académicos que nos describen y explican la realidad que nos envuelve dentro de la gran corriente del conocimiento. De acuerdo a esto para cambiar, modificar o enriquecer lo que ya se conoce y está establecido, necesariamente se debe dar un debate previo. 

Las personas que creen tener alguna idea mejor sobre algún tema en particular, deberían tener la capacidad de debatir, confrontar y oponer; si no la tienen, no están contribuyendo a algo mejor y su accionar termina siendo caprichoso y sesgado.

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