Ideotas

Ideotas

Como en Grecia o Roma antiguas, muchos seres humanos –por llamarlos piadosamente– siguen ganándose el mote de ideotas a fuerza de ser egoístas, antipáticos, imbéciles.

Por LUIS A. RADEN

En la Grecia clásica, se llamaba ideota al ciudadano profundamente egoísta al que no le interesaban ni le ocupaban los asuntos públicos; algo que en aquel lugar y tiempo es mal visto. Con la llegada del dominio latino, tal adjetivo derivó en personas ignorantes, sin educación ni cultura.

En la Grecia clásica, se llamaba ideota al ciudadano profundamente egoísta al que no le interesaban ni le ocupaban los asuntos público.

Por propiedad transitiva, al ideota no le importaban ni no le importan los otros: no siente la menor empatía por sus vecinos, sus connacionales y mucho menos por la humanidad. No lo conmueven las alegrías ni los sufrimientos de sus congéneres, más allá del núcleo de personas que lo rodean.

«Homo sum, humani nihil a me alienum puto», decía un proverbio latino. O como parafraseó Miguel de Unamuno: «Nullum hominem a me alienum puto», o sea «soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño». Sin embargo, el ideota sostiene como ideología de cabecera: «Todo lo humano me es ajeno y ningún hombre o mujer me importa un comino…»

Al ideota no le importaban ni no le importan los otros: no siente la menor empatía por sus vecinos, sus connacionales y mucho menos por la humanidad.

Con el paso del tiempo, el adjetivo se redefinió literalmente como insulto: el ideota o idiota es ahora, también, un imbécil: suele comportarse con escasa inteligencia y, lo mejor o peor de todo, es que se jacta de ello, se regodea en su ignorancia y estupidez. En las redes sociales se siente como pez en el agua.

El ideota o idiota es, en fin, egoísta y malevolente: no le interesa más que su propia y acotada existencia y en realidad no tiene nada para ofrecer a los demás, al mundo o la historia. Jamás razona, es casi puro impulso irracional, sin importar las consecuencias que puedan acarrear sus actos más allá de la satisfacción de sus apetitos a cortísimo plazo.

Es egoísta y malevolente: no le interesa más que su propia y acotada existencia y en realidad no tiene nada para ofrecer a los demás, al mundo a la historia.

Tanto en su acepción clásica como moderna, muchos sujetos hacen lo imposible por ser calificados como tales. Podemos verlos en la tele, escucharlos en la radio, apreciarlos o despreciarlos en las redes sociales cuando suben sus selfies y sus videitos de pura risa estúpida, vanagloriándose de su idiotez.

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