Escritores en busca de inspiración cannábica

Escritores en busca de inspiración cannábica
Por NATALIA WAGNER

En ‘Gargantúa y Pantagruel’, allá por el siglo XVI, François Rabelais decía:

Por el poder de esta hierba, las sustancias invisibles se dejan ver, tocar y como aprisionar. Con su fuerza y empuje, las grandes y pesadas muelas giran ágilmente para insigne provecho de la vida humana. Y me asombro de que el invento de este uso haya quedado por tantos siglos oculto a los antiguos filósofos, vista la utilidad inapreciable que procura, visto el trabajo intolerable que sin ella, por la retención de las corrientes aéreas, las naves pueden zarpar de los muelles y ser llevados al arbitrio de sus gobernantes. Gracias a ella, las naciones, que la naturaleza parecía conservar escondidas, vienen a nosotros y nosotros a ellas.

Claro, “esta hierba” no es otra que la marihuana, de la cual el gran Rabelais se lamenta que haya permanecido oculta a los filósofos de ese continente durante tantos siglos.

Pero si bien este francés da la talla, digamos, para el usuario promedio, hubo una ferviente pero impensada consumidora: Louisa May Alcott. Así es, aunque parezca increíble: la autora de ‘Mujercitas’ escribió también una historia corta titulada ‘Un juego peligroso’, referida a la hierba y sus derivados.

En dicho relato, uno de los personajes declara: “Si alguien no propone una nueva e interesante forma de divertirnos, ¡moriré de aburrimiento!” Y otro, ya más arriesgado, elabora una caja de bombones de hachís.

Sin embargo, no es en los provincianos Estados Unidos donde está el centro neurálgico del consumo, claro. En su libro ‘Cannabis’, aparecido en 2002, Jonathan Green da cuenta del club de fumadores organizado en la Francia de mediados del siglo XIX.

Entre muchos otros, al Club del Hachís que funcionó en París entre 1844 y 1849 concurrían asiduamente Alejandro DumasGérard de NervalVictor HugoHonoré de Balzac y Charles Baudelaire.

También el español Ramón del Valle-Inclán llegó a hablar de “mi droga índica” que en ocasiones le negaba “su efluvio maravilloso”, en alusión al hachís que, se supone, consumía habitualmente, sobre todo para tener otra mirada, la del poeta, sobre ciertos acontecimientos de la época.

El poeta y dramaturgo Francisco Villaespesa, que solía compartir tertulias con Valle-Inclán, incluso le dedica unos sentidos versos en el que lo describe:

Y no existe paleta,
ni existirá tan rica y soberana,
como su ardiente fantasía
de alucinado y de poeta,
ebria de sol y marihuana.

Luego y a los casi obvios Jack KerouacWilliam S. Burroughs y Allen Ginsberg, baluartes de toda una generación de posguerra, hay que sumarle el correctísimo inglés Martin Amis, quien explícitamente declaró: “Para mí, la droga ideal para un escritor es la marihuana, es lo mejor para atrapar las ideas que flotan a tu alrededor”.

No obstante, hizo asimismo una advertencia para aquellos que pretendan iniciarse en la inspiración cannábica: aunque “deja volar el inconsciente y el inconsciente es muy importante para escribir”, añadió que “tienes que fumarla cuando tomas notas, no durante la redacción definitiva del texto”.

Otro británico, Lee Child, además de confesar su admiración por Raymond Chandler y Agatha Christie, también admitió consumir marihuana desde siempre.

“Después de una sesión fuerte e intensa de escritura, sí me relajo con algún porro”, dijo, e incluso reconoció en la marihuana un posible estímulo de la creatividad aunque, según afirmó, no la utiliza mientras escribe. Pero quién sabe…

Volviendo a la literatura norteamericana, tenemos que el escritor y periodista Hunter S. Thompson ha dicho: “Siempre me ha gustado la marihuana. Ha sido una fuente de alegría y de consuelo para mí durante muchos años. Y sigo pensando en él como un alimento básico de la vida, junto con la cerveza y el hielo y pomelos”.

¿La habrá servido a Thompson, como creador del llamado ‘periodismo gonzo’, la marihuana para desdibujar los límites entre objetividad y subjetividad a la hora de adentrarse en aquello que ocurre y no limitarse a ser un testigo pretendidamente imparcial?

El caso de Thomas Pynchon es poco menos que improbable y todo lo que se sabe al respecto es producto de suposiciones o especulaciones. De hecho, ni siquiera conocemos a ciencia cierta sus facciones.

Pero se dice que en los 60 y hasta entrados los 70, el autor de ‘El arco iris de gravedad’ –en la que el hachís es central– vivió en México, donde, por su bigote y por su hábito de fumar marihuana, recibió el apodo de ‘Pancho Villa’.

Además, en un episodio en ‘Mason & Dixon’ (publicada en 1997 pero escrita a mediados de los 70) aparece George Washington fumando un porro con los personajes que dan título a la novela, mientras su esposa Martha prepara unos snaks.

Otro yanqui que, al menos por su firme posición a favor de la legalización, debe ser considerado en esta lista de usuarios y, en algún sentido, inspirados por el cannabis, es Stephen King.

“Yo creo que la marihuana no solo debería ser legal, creo que incluso debería ser parte de una industria casera”, ha declarado a la prensa el autor de ‘Carrie’ y otras innumerables y alucinadas novelas de terror.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.