Epitafios

Epitafios

Muchos escritores geniales dejaron escritas en piedra geniales frases para la posteridad, que les sirvieron de epitafio. Estas son algunas de las más célebres.

Por FEDERICO URBANO R.

Ahora pasó un poco de moda –al menos entre el común de los mortales– dejar un mensaje póstumo en la lápida que encabeza nuestro lecho final; pero hasta no hace mucho resultaba bastante usual que ciertas celebridades optaran por un epitafio para definirse de algún modo ante la posteridad.

Quizá hasta el siglo XX, fueron los escritores –por la propia naturaleza de su oficio– los más propensos a plasmar en palabras una frase indeleble, grabada en piedra, que representara de un modo general su paso por el mundo terrenal y la huella que dejaron o pretendieron dejar.

Muchos lo hicieron en forma voluntaria, expresa, tratando de definirse a sí mismos, pero en otros casos, al no haber tenido el tiempo o la decisión suficientes, fueron sus allegados más cercanos quienes decidieron con qué apotegma serían identificadas las respectivas tumbas, más allá de nombres y fechas de nacimiento y fallecimiento.

Entre los primeros aparece el genial Jorge Luis Borges (1899-1986), quien no solo decidió morir en Suiza sino que además eligió el texto que ocupa su lápida en el cementerio de Ginebra: «Y que no temieran», sentencia formulada en anglosajón como «And ne forhtedon na» y que da cuenta de la admiración que la lengua británica ejerció sobre el poeta y cuentista argentino.

Y hablando de británicos, Willliam Shakespeare (1564-1616) eligió dejar una bendición y una eventual maldición a quienes visitaran el sitio de descanso de sus huesos: «Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos».

A Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) le eligieron una frase alegórica de su novela más conocida y reconocida, ‘El gran Gatsby’, para el epitafio de la tumba que comparte con su esposa Zelda en el cementerio de Rockville: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado».

«Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua», se lee en la lápida del poeta inglés John Keats (1795-1821). «Incluso en medio de las llamas feroces se puede plantar loto dorado», se eligió para la malograda Sylvia Plath (1932-1963). El poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948), por su parte, recurrió a la tautología: «Abrid la tumba. Al fondo de esta tumba se ve el mar».

«Dijo el cuervo: nunca más», se eligió para Edgar Allan Poe (1809-1849) de su célebre poema ‘El cuervo’. Virginia Woolf (1882-1941) tiene su epitafio también de un poema suyo: «La muerte es el enemigo. ¡Contra ti me lanzaré, entera e invicta, oh Muerte! Las olas rompían en la orilla». Y para Joseph Conrad (1857-1924) fue «El sueño tras el esfuerzo, tras la tempestad el puerto, el reposo tras la guerra, la muerte tras la vida harto complace».

Otros eligieron –o les fueron elegidos– el humor para despedirse del mundo y así ser recordados; como el Marqués de Sade (1740-1814), en cuya lápida puede leerse: «Si no viví más, es porque no me dio tiempo». O Charles Bukowski (1920-1994), quien eligió el sarcasmo: «No lo intentes».

Molière (1622-1673), célebre dramaturgo y actor francés, fue incluso más allá al celebrarse humorísticamente como trabajador de las tablas: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y en verdad que lo hace bien”, dice su epitafio.

Pero también hubo otro tipo de celebridades que decidieron llevar a la práctica esa modalidad de dejar su particular sello para eventuales visitantes a tumbas célebres, que no son pocos alrededor del mundo.

Quienes hayan visitado París encontrarán en la tumba de Jim Morrison (1943-1971) la casi indescifrable frase «Kata ton daimona eaytoy», que en griego antiguo puede tener dos traducciones aceptables: «Al espíritu divino que llevaba en su interior» y «Cada uno es dueño de los demonios que lleva adentro».

John Wayne (1907-1979) tuvo la suerte de poder elegir cómo ser recordado: «Feo, fuerte y formal». Y para terminar, elegiremos el epitafio del no siempre recordado Mel Blanc (1908-1989), quien supo ser voz del inolvidable Porky al terminar cada Looney Tunes: «Eso es todo amigos».

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