El ¿suicidio? de Hemingway

El ¿suicidio? de Hemingway

El 2 de julio de 1961, Ernest Hemingway aparecía muerto en su casa de Ketchum (Idaho), de un disparo de escopeta en la cabeza. El aparente suicidio fue atribuido a su «inestabilidad emocional».

En su momento, hubo coincidencia general en los motivos que llevaron al autor de ‘El viejo y el mar’ a dispararse: dicha inestabilidad emocional, la decadencia física, la vejez, alguna enfermedad terminal que prometía un sufrimiento indecible…

Sin embargo, con el correr de los años aparecieron otras versiones, otras posibilidades que incluyeron un transfondo conspirativo: el escritor norteamericano nacido en 1899 había sucumbido a la presión del FBI, con el que había colaborado durante años.

Leonardo Padura es uno de los principales defensores de esa tesis. Hemingway colaboró con el FBI para «informar sobre las actividades de los miembros de la Falange española y simpatizantes nazis en la isla, montar una operación de búsqueda de los submarinos alemanes y descubrir dónde y quién le suministraba el combustible para navegar en el Caribe», aseguraba el autor de ‘El hombre que amaba a los perros’.

Según el escritor cubano, la turbia relación de Hemingway con el FBI se ve reflejada en los documentos hechos públicos en 1984, que desvelaron que «realmente el escritor estaba siendo seguido y vigilado por agentes» de la Agencia estadounidense.

En efecto, el expediente del autor de ‘Adiós a las armas’ fue publicado luego de una petición de la ley de Libertad de información hecha por Jeffrey Myers, un académico en ese entonces de la Universidad de Colorado.

El documento de 120 páginas –quince de las cuales estaban completamente tachadas– demostraban el profundo interés por Hemingway que evidenciaba J. Edgar Hoover, entonces jefe del FBI; interés que persistió hasta 1960, cuando el autor de ‘Por quién doblan las campanas’ fue internado.

En un artículo publicado en The New York Times con motivo del 50 aniversario de la muerte de Hemingway, A.E. Hotchner, autor de ‘Hemingway y su mundo’, aseguraba que la vigilancia del FBI “sustancialmente contribuyó a su angustia y su suicidio”, añadiendo que él “lamentablemente juzgó mal” el temor de su amigo por la organización.

Según Hotchner, pese a que el escritor hizo reiteradas denuncias sobre la persecución de la que fue víctima, los incidentes que vivió en la clínica donde fue internado en 1960 y en la que fue sometido a electrochoques y a varios intentos de suicidio, hicieron que las denuncias se vieran como ilusorias.

El misterio –si es que lo hay– parece inextricable. Los protagonistas de la historia se llevaron las respuestas a la tumba. En todo caso, ¿existirán más documentos que prueben o desaprueben la hipótesis? Solo la historia tienen la respuesta.

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