A 43 años de la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo

A 43 años de la primera ronda de las Madres de Plaza de Mayo

El 30 de abril de 1977, un grupo de catorce mujeres se reunía alrededor la Pirámide de Mayo para exigir la aparición de sus hijos e hijas durante la dictadura que había comenzado un año antes.

Por NATALIA WAGNER

«¡Circulen, circulen!», era la orden que daba la policía a catorce mujeres que se habían reunido en Plaza de Mayo, en el marco del estado de sitio decretado por la junta dictatorial, que no permitía la reunión de personas. Ellas, entonces, comenzaron a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo. Tomadas del brazo, de a dos.

Era la primera de una interminable sucesión. La primera ronda, 43 años atrás, que las convertiría en símbolo internacional de lucha contra la dictadura argentina y las tiranías alrededor del mundo. Quizá el único símbolo de resistencia que revelaba la verdadera naturaleza, sangrienta y criminal, del régimen genocida iniciado el 24 de marzo de 1976.

Pero en aquel momento no llevaban sus característicos pañuelos. Recién para la procesión a Luján ese puñado de madres desesperadas decidieron identificarse con un pañal cubriendo sus cabezas. Frente a la basílica rezaron por los desaparecidos. Todos pudieron verlas e identificarlas, entre rezo y rezo.

Un jueves de 1978, durante el mundial de fútbol que se disputaba en la Argentina, jugadores holandeses las visitaron en la plaza, seguidos por numerosos periodistas de medios internacionales. Así, el mundo entero comenzó a conocer y a reproducir sus reclamos.

Azucena Villaflor –secuestrada ella misma por una banda comandada por un tal Alfredo Astiz–, Mirta Baravalle, Josefina ‘Pepa’ Noia, Berta Braverman, Haydée García Buelas, las hermanas Gard, Delicia González, Kety Neuhaus, Raquel Arcushin, Antonia Cisneros,​ Élida E. de Caimi, Ada Cota Feingenmüller de Senar, fueron solo algunas de aquellas primeras mujeres que, como nadie, enfrentó a Videla y compañía.

Las Madres de Plaza eran entonces solo eso: madres que gritaban al mundo su desesperación ante la desaparición de sus hijos, empujadas irremediablemente por ese impulso primigenio, cuando una dictadura les arrancaba sus entrañas mismas. Un grito que sigue recorriendo el mundo traducido como memoria, verdad y justicia.

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