Por GUSTAVO H. MAYARES

Tanto Mauricio Macri como María Eugenia Vidal se han llamado a silencio electoral. El Presidente y la gobernadora, quienes supieron ser garantes del triunfo de Cambiemos y ahora de la aparente derrota de Juntos por el Cambio, redujeron su accionar a inauguraciones y actos protocolares.

Se dieron cuenta o les hicieron saber que cada frase que hilen en torno a las elecciones –sobre todo si la formula Macri– tiene un efecto inversamente proporcional al buscado: las posibilidades de remontar el desastre de las Primarias se reducen.

Las encuestas más recientes dan cuenta de una diferencia abrumadora a favor de Alberto Fernández: entre 20 y 25 puntos que definirían la elección en primera vuelta.

Miguel Ángel Pichetto, en ese marco, se puso la campaña al hombro. Una extraña paradoja del destino antiperonista de la alianza gobernante, que ganó elecciones sobre la base de diferenciarse del kirchnerismo y, sobre todo, del peronismo como fenómeno histórico argentino.

El peronista reciclado, entonces, tiene al balotaje entre ceja y ceja y nada ni nadie puede sacarlo del discurso que apunta a alcanzar una improbable segunda vuelta que defina el destino político del macrismo y, sobre todo, del suyo propio.

El senador nacional se acomodó plácidamente a cuanto gobierno tuvo al lado o enfrente. Se trata de un operador político genéticamente oficialista: responde casi con ceguera a quien esté al frente del Ejecutivo Nacional, sin importar demasiado su signo político.

Su lógica política –o a-política– es el pragmatismo. De un modo general, es exponente fiel del peronismo que no suele ser igual y en ocasiones ni parecido a sí mismo: el primer Perón no fue igual al segundo y mucho menos al tercero, que podría definirse como su antítesis.

Pero en octubre su carrera podría terminar abrupta y definitivamente. Con su candidatura a vicepresidente apuesta tanto como cuando en 1983 se postuló a concejal de la rionegrina Sierra Grande y en el 93 como diputado nacional.

Y puede que el electorado lo jubile: de perder, se quedaría sin lugar en el macrismo, que lo descartará luego de su fallido rol como su ‘pata peronista’, ni en el peronismo, donde las traiciones se perdonan pero no a cortísimo plazo. Y Pichetto cumplirá 69 años tres días antes a la elección.

La Operación Balotaje que encarna el senador nacional es, básicamente, en defensa propia; no cabe en él la resignación, como ocurre con numerosos referentes del macrismo puro, sino la pelea hasta último momento por salvar el pellejo, su tendencia innata a seguir empoderado en algún cargo de relevancia pase lo que pase, cueste lo que cueste.