Por LUIS A. RADEN

Nacido en la localidad bonaerense de Banfield en 1950, Miguel Ángel Pichetto se recibió de abogado y fue entonces que se mudó a Río Negro, donde también inició su carrera política como legislador provincial por el justicialismo.

Siempre fue un oficialista nato: como titular del PJ rionegrino, intendente de Sierra Grande y diputado nacional, apoyó férreamente y con convicción la presidencia de Carlos Saúl Menem y luego se cobijó bajo el ala de Eduardo Duhalde, llegando al Senado en 2001.

Desde el año siguiente se mantuvo como titular del bloque pejotista en la cámara alta gracias al apoyo que brindó al oficialismo de turno: al duhaldismo primero, a Néstor Kirchner después y a Cristina Fernández más tarde, hasta el final del mandato de la presidenta.

Con la asunción de Mauricio Macri, Pichetto olvidó rápidamente su apoyo al kirchnerismo y su llanto ante el féretro del bolivariano Hugo Chávez –según afirman muchos testigos– y mostró simpatías por el nuevo régimen político, más cercano a su filiación intelectual de cuño menemista.

Desde su banca en el Senado formuló discursos antisemitas (habló de “argentinos judíos y argentinos argentinos”, repudiadas por la DAIA), xenófobas contra inmigrantes de países vecinos y africanos (rechazadas por el INADI) y hasta misóginas, recibiendo críticas de diversos sectores sociales.

Para las elecciones del corriente año, junto al cordobés Juan Schiaretti, al salteño Juan Manuel Urutubey y el tigrense Sergio Massa, planteaba una “tercera vía” entre el macrismo y el kirchnerismo, llegando a coquetear con la posibilidad de candidatear a Roberto Lavagna.

Sin embargo, su oficialismo congénito y su aversión al kirchnerismo pudieron más que la posibilidad de crear una opción pejotista a la polarización, poniendo en jaque –al mismo tiempo– al espacio denominado Alternativa Federal, que también podría perder a Massa en manos de la fórmula Fernández-Fernández.