Por NATALIA WAGNER

Caída de las ventas, sobreoferta de etiquetas, costos dolarizados, fuerte aumento de tarifas, inflación… Son solo algunos de los factores que afectan en este 2019 a la incipiente pero –hasta no hace mucho– dinámica industria de la cerveza artesanal.

Varios años atrás, cuando la clase media argentina comenzó a disponer de un excedente en sus ingresos para destinar a gastos relativamente suntuarios, arrancó también el bum de las cervezas artesanales, una tendencia que se impone en buena parte del mundo.

Desde la fundación de ‘El Bolsón’, en 1984, el fenómeno creció y creció y a las tradicionales regiones donde se producía con anterioridad al bum, como la Patagonia o Córdoba, se sumaron Buenos Aires y otras ciudades, donde antes era iniciativa de fanáticos, de entendidos.

Es en la capital argentina donde, hoy por hoy, casi cada cuadra de barrios como Palermo cuenta con su propia marca. Entonces la moda se extendió a cada rincón del país y se crearon centenares de pequeñas cervecerías preparadas para explotar un nicho cada día más grande, más sofisticado y ávido por explorar nuevos sabores, nuevas experiencias.

Cada argentino consumió en 2017 un promedio de 42 litros de cerveza, uno más que el año anterior. De acuerdo a estimaciones someras, ya que hay mucha informalidad en el sector, cerca del 3 por ciento de ese consumo correspondió a cervezas artesanales producidas por unos 1.500 productores.

Con fuertes crecimientos anuales en la porción del total del mercado, mucho productor entusiasta pero improvisado se sumó a la corriente en alza, produciendo una cerveza de calidad regular a mala, según se llegó a advertir desde la propia Cámara Argentina de Productores de Cerveza Artesanal.

La fuerte expansión lleva poco menos de una década, pero parece haber alcanzado su techo. O, mejor dicho, la realidad socio-económico actual le pone techo; básicamente, sobra oferta y falta demanda.

El consumo se desploma con la retracción de egresos por parte de una clase media empobrecida o, al menos, que limita más que antes su presupuesto para gastos no imprescindibles; los costos de producción –en dólares– aumentan y la pinta no puede venderse a más de 100/120 pesos, unos 2,5 dólares, cuando en países vecinos se vende al doble…

Una complicada ecuación que lleva a los productores a estar “más preocupados por la supervivencia que por el crecimiento”, como sentenció Guido Ferrari, presidente de la Asociación de Cerveceros Artesanales de Bariloche.