Por NATALIA WAGNER

Este viernes 8 marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora y vale la pena saber por qué, si es que todavía no lo sabías. Recuerda la misma fecha pero de 1908, cuando 129 mujeres morían en el incendio intencional en la fábrica Cotton, en Nueva York, ocupada por sus trabajadoras en huelga.

Aquella huelga marca un hito en la lucha por los derechos sociales de las mujeres: exigían la reducción de jornada laboral a 10 horas, un salario igual al que percibían los hombres que hacían idéntica tarea y el fin de los padecimientos por las malas condiciones de trabajo.

Antes de ceder a las peticiones, la patronal prefirió cerrar con cadenas todas las puertas del establecimiento fabril e iniciar un incendio que acabó con la vida de aquellas mujeres mártires.

Un año después, el Partido Socialista de Estados Unidos declaraba al 28 de febrero como primer Día Nacional de la Mujer. Pero fue en 1910 cuando se desarrolló en Copenhague la segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas y el 8 de marzo pasó a ser una jornada de lucha internacional.

Fue allí, en efecto, donde la gran socialista Clara Zetkin mocionó la proclamación del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en homenaje a aquellas mujeres huelguistas asesinadas por la voracidad patronal en complicidad con el Estado.

Mucho se hizo hasta ahora ‘lavar’ de todo contenido político y de lucha a la conmemoración: en 1977, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó oficialmente el 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer… No es casualidad que se haya quitado “Trabajadora” a la formalización espuria de la jornada.

Hoy, entonces, no es el día de cualquier mujer, en abstracto; no es el día de Christine Lagarde ni de Juliana Awada ni de Cristina Fernández de Kirchner. Este #8M se conmemora el día de la mujer oprimida en su doble pero indivisible condición de mujer y explotada.

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