Por NATALIA WAGNER

Durante el finalizado 2018, el peso argentino se desplomó 50,6 por ciento frente al dólar norteamericano, convirtiéndose así en la moneda que más se devaluó en el mundo, casi duplicando a su inmediata seguidora, la lira turca.

En efecto, la moneda de Turquía se devaluó un 28 por ciento frente al dólar, mientras que el rublo ruso cayó 17,1 por ciento, el real brasileño perdió el 14,5 por ciento y el rand sudafricano sufrió una depreciación del 13,8 por ciento.

Según los especialistas, son dos los factores que llevaron en apenas un puñado de meses a semejante catástrofe económica: la revalorización del dólar a escala mundial y la impericia del gobierno argentino en materia económica.

La tendencia alcista de las tasas de interés en Estados Unidos terminaron fortalecimiento al dólar, al mismo tiempo que Mauricio Macri efectuaba en la Argentina una devaluación histórica de la moneda.

Se trató de la mayor desvalorización inducida en 16 años, contando desde la salida de la convertibilidad en 2002, cuando se terminó con el 1 a 1 elucubrado por Domingo Felipe Cavallo.

Semejante depreciación de la moneda nacional no fue ni es inocua: afecta directamente el bolsillo de la mayoría de los argentinos, con la única excepción de quienes se dedican a la exportación, ya que los productos exportables tienen precios en dólares y los salarios son en pesos.

De ahí que, a pesar de las paritarias anuales, los haberes de los trabajadores hayan perdido un mínimo del 10 por ciento con relación al año pasado. Lo que afecta directamente a su poder adquisitivo y, por ende, al comerciante y pyme dedicado exclusivamente al mercado local.

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